Una tarde de Enero
Chaqueta, guantes, gorro y
bufanda. Todo listo para no pasar frío en las gélidas tardes de Moscú. Nada me
lleva a pasar la tarde delante un sucio río de un mundo cruel, pero tampoco
tengo ninguna motivación para hacer algo mejor.
Salgo de mi cabaña revestida de
madera blanca por todos lados y me encuentro el camino que llega hasta mi
destino, el puente de Königsberg. Desde mi infancia lo frecuento, cuando era
pequeño solía ir con mis amigos a lanzar piedras a los patos, fui creciendo y
la Guerra Fría nos separó, todos murieron salvo yo. Hace meses que no pasa
nadie por la estructura grisácea que me acompaña en mi soledad. Antes el puente
estaba lleno de gente, ahora tengo suerte si veo alguien.
Mientras escucho el silencio,
oigo un sonido parecido al de los tacones de una mujer ¡no me lo puedo creer! Tengo delante de mis
narices la primera distracción desde hace semanas y encima es hermosa...
Cruzo disimuladamente y hago un pequeño golpecito fortuito en sus
hombros.
-¿Disculpe señora, sabe donde
está el café Riverstown?- le pregunto ansioso.
-¡ Oh, claro que sí, acompáñame!-
contesta ella.
-Lamento haberte molestado, no
era mi intención... Mi nombre es Edward!
-Tranquilo cielo, me llamo
Anastasia Kimberley.
Me encanta su forma de ser, su
dulce caminar y sus refinados modales, demasiada perfecta para mí.
Charlamos sobre nuestras vidas,
y sobre el trabajo, donde vive etc. Simplemente es un ángel bajado del cielo,
su sonrisa es celestial.
Una vez en el café, Kimberley
ella no se ha ido, ni tiene intenciones de irse. Pide dos cafés cortos. Yo
asombrado le sigo el juego y empezamos a conocernos
Una vez terminado el café, la
veo escribiendo una nota. La dejo
porque no quiero que piense que me inmiscuyo en mi vida. En el transcurso de
una mirada furtiva a la carta, la veo desaparecer, se ha ido como por arte de
magia, sin más. Mi curiosidad me lleva a leer su escrito. Todo tiene sentido.
Nos vemos el jueves a la
misma hora en el Königsberg. Atentamente, Anastacia.
Es curioso como en una tarde fría,
de las afueras de Moscú se pueda convertir en una tarde cálida y esperanzadora.
PAU JUSCAFRESA
